Están sentados en una de las mesas de póker del casino de Puerto Varas. Los cigarrillos, la chequera, un café y las fichas, todo lo que importa tener cerca. El teléfono celular apagado. El croupier sabe el nombre de cada uno, no se los ha preguntado. Es el jefe de sala, que lleva los cheques a la caja el que se encarga de averiguarlo y trasmitírselos. Solamente el nombre de pila. De vez en cuando conversan entre ellos, nada personal, apenas sí se sabe en qué trabajan o de qué ciudad es cada uno. No hay vasos con bebidas alcohólicas, aunque el casino las ofrezca gratis a determinadas horas, igual que el consomé de las cuatro de la mañana. Son jugadores, mas o menos compulsivos, que saben lo importante que es mantenerse lúcidos mientras dure la partida. Muchos de ellos se encuentran en la calle u otro recinto, se saludan y nada más. Jamás hablarán delante de otras personas sobre su común denominador. ¿Los habituales de esa mesa? Un matrimonio que viene de un pueblo cercano. Cuando llegan, juegan los dos. Al pasar las horas solamente lo hace él. Ella duerme en el vehículo, le tocará, como a otras, manejar de regreso. A las cuatro o a las cinco de la mañana. Otro matrimonio, que no pasan los treinta años de edad, es de Puerto Montt. Ella llama cada hora a su casa, hasta saber que su hijito se ha dormido, de vez en cuando juega algunas fichas en la ruleta. Dos hombres, sin parejas, que vienen de Osorno. Antes de entrar al casino han dejado el estanque con suficiente combustible para regresar, el dinero del peaje en la guantera. Cada uno en su vehículo. Si es invierno y la espesa neblina o la cortina de lluvia en una noche sin luna, dificulta la visibilidad, tratarán de irse juntos, uno tras otro, adivinando la cinta blanca de la carretera. Los otros dos jugadores que completan la mesa es una pareja que fue matrimonio, ahora comparten la mesa del tapete verde. Los altos de fichas suben y bajan. Algunos dejan la chequera, deliberadamente, en casa. La tarjeta bancaria los controlará. Efectivo al llegar, el giro máximo antes de medianoche, el último... pasada la medianoche. Los croupiers se alternan, ellos permanecen de pié, atentos a los gestos, apenas visibles para los extraños, que le indican si doblan o no la apuesta. En épocas de flujo de turistas y aprovechando una silla desocupada, se sienta algún jugador eventual. Ellos juegan por diversión, apenas un instante, apenas un décimo de sus ingresos. Infructuosamente intentan conversar, el vaso de licor los pone comunicativos, excitados, alegres. Desconcentrados. Si alguno de ellos juega y pierde más de lo que esperaba, convertirá toda su locuacidad en palabras despectivas hacia el casino, hacia el croupier, incluso culpará a la cantidad de jugadores que hay. Se irá y ya no regresará. Los jugadores asumirán, estoicamente, su pérdida y regresarán una y otra vez.***
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